Un día cualquiera en una tienda cualquiera.

Por Sonia Etxebarria.

Seguro que os ha pasado en alguna ocasión…

El otro día entré en una tienda (vacía o cuasi-vacía) y, detrás del mostrador, las dos dependientas se encontraban conversando animadamente. Yo, me dispuse a recorrer los pasillos buscando algo concreto que, tras varias vueltas al local no logré ubicar. Tras mi intento fallido, me acerqué a las chicas y esperé pacientemente a que se percataran de mi presencia y bien, que interrumpieran su conversación o me dijeran que, por favor, esperase un momento a ser atendida (esto ya supone una gran consideración por mi parte, creo). Seguí esperando y, finalmente, al cabo de unos minutos, interrumpí proactivamente la conversación diciendo:

“¿Serían tan amables de atenderme un momento, por favor”?

La chica que estaba de espaldas, se giró lentamente:

“¿Qué quiere?”

No tuve más remedio que armarme de gran paciencia y decirle lo que estaba buscando y no conseguía encontrar. Ella, sin salir de detrás del mostrador, me indicó con la mano dónde debía buscar y, a pesar de que le respondí que en esa zona ya había mirado y no había encontrado lo que buscaba, me volvió a insistir en que debía estar por esa zona y que, si no lo encontraba, es que a lo mejor se habría agotado. Busqué una vez más y ¡sorpresa!, tampoco lo encontré esa vez… Por lo tanto, me fui.

¿Alguna de las chicas me interceptó a la salida al ver que iba con las manos vacías…? ¡No! ¿Esto es servicio al cliente? ¿Esto es vender? A veces, me pregunto cuánta gente tiene un puesto de trabajo sin hacer méritos por mantenerlo.

Seguiremos con historias del día a día hasta que nosotros, consumidores, empecemos a exigir lo que es de rigor y así también hagamos que los trabajadores seamos más eficientes en nuestros puestos de trabajo y ofrezcamos lo que los clientes merecemos.

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